EJE INFANCIAS Y JUVENTUDES: DESIGUALDADES SOCIALES Y ENFOQUE GENERACIONAL

América Latina y el Caribe atraviesan en los últimos años una situación dinámica en la que se combinan importantes cambios en algunas áreas con notables persistencias en otras. A su vez, se registran situaciones diversas entre países y regiones, determinadas en gran medida por la profundidad con la que se han asumido las transformaciones sociales y políticas necesarias en cada caso.

Si bien la mayoría de los índices sociales han mejorado en la región, las desigualdades sociales persisten como uno de los principales problemas a resolver, ante el cual las políticas públicas desarrolladas hasta el momento no siempre se han mostrado eficaces. En este sentido, son coincidentes los análisis que plantean que América Latina es la región más desigual del mundo (por ejemplo, PNUD, 2010). Desde el punto de vista generacional, numerosas publicaciones de la CEPAL han puesto el centro en este tema, reconociendo que las juventudes de la región son el grupo poblacional que más recibe las consecuencias de esta situación. Asimismo, UNICEF y BM, por ejemplo, señalan los efectos de las desigualdades estructurales en las infancias.

Ya el informe del PNUD sobre Desarrollo Humano para América Latina 2010, llamaba a romper la transmisión intergeneracional de las desigualdades, poniendo la atención en la situación en la que se encontraban los jóvenes latinoamericanos y caribeños y convocando a pensar políticas públicas activas que la reviertan. Asimismo, el Panorama Social de América Latina 2010 de la CEPAL, también enfatizaba los mecanismos de reproducción intergeneracional de la desigualdad, mostrando cómo se van diferenciando las trayectorias vitales a medida que se avanza en los grupos etarios. En un subcontinente en el cual viven más de 146 millones de personas de entre 15 y 29 años de edad, lo cual representa al 26,3% de su población (OIJ, CEPAL y UNFPA, 2009), las persistentes desigualdades que enfrentan las jóvenes generaciones deberían ser un motivo de urgente preocupación desde la academia y las políticas públicas.

Si tomamos algunos indicadores socio-económicos, como los laborales, las cifras muestran que los jóvenes están relativamente más desempleados y con trabajos de peor calidad –más precarios- que los adultos, situación que se agrava entre las mujeres jóvenes (Informe CLACSO-UNESCO, 2013).

A partir de lo dicho, se hace necesario producir investigaciones que trabajen acerca de las problemáticas de la desigualdad inter e intrageneracional; es decir acerca de las relaciones entre producción de desigualdades y las singulares características que adquiere entre las infancias y las juventudes,; y formular tanto conocimientos como propuestas de políticas públicas e intervención social. Es importante que  estos temas puedan ser abordados desde una perspectiva integral -multienfoque y multiactoral-, asumiendo las desigualdades que atraviesan a las juventudes y las infancias desde las diversas dimensiones que las componen.

El abordaje de las desigualdades sociales en los estudios que incorporan el punto de vista generacional ha sido diverso, como variada es la conceptualización de la desigualdad social. En principio, y sin ánimo de agotar el debate conceptual ni delimitar su despliegue, es posible señalar que una preocupación transversal a los mismos es la justicia social. Esto es, el debate sobre las desigualdades sociales parte de un supuesto normativo respecto a lo justo e injusto en una sociedad determinada. En tal sentido, vale la pena recordar el señalamiento de autores como Nancy Fraser, quien mostró cómo el viejo debate sobre estructura y cultura debía informar las teorías de justicia, y asumir que las dimensiones estructurales no son la única ni necesariamente principal determinación de las desigualdades. En el ámbito de los estudios de infancias y juventudes, este señalamiento es de relevancia, al permitir situar que las dimensiones culturales constituyen ejes de diferenciación y jerarquía social que no se derivan necesaria ni linealmente de las dimensiones económicas. Entonces, es un problema político la reducción de la reflexión sobre las desigualdades a las desigualdades de ingreso o de riqueza.

De esta manera, las desigualdades que experimentan las infancias y juventudes latinoamericanas y caribeñas son múltiples. A las dimensiones económicas se superponen cuestiones de géneros, sexualidades, territorios, etnias, culturas, nivel educativo y migraciones; lo que complejiza el panorama y hace más intrincado su abordaje.

Un segundo punto indica que una preocupación transversal asocia las desigualdades sociales con la socialización de las nuevas generaciones, ya sea en el plano informal y comunitario como en el institucional (educativo, por ejemplo). A partir de los desarrollos de autores como Bourdieu, los procesos de transmisión cultural se vincularon con el enclasamiento de los grupos y sujetos. En los estudios de infancia por ejemplo, es clásico el estudio de Annette Lareau sobre los patrones culturales de crianza y las desigualdades de clase.

En tercer lugar, el aporte de la antropología y los estudios feministas alrededor de la interseccionalidad ha permitido señalar que desde el punto de vista de los sujetos, las desigualdades sociales son experimentadas en la vida cotidiana de manera imbricada, y tal complejidad amerita ser estudiada.


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